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Vidente relata paseo en que la vida toda es revisitada

Abrió los ojos. La luna llena, alta en el cielo, iluminado todo como un sol azulado, más discreto y misterioso.

lua cheia

Se levantó. Estaba en una pequeña jangada, agarró el mástil. El tejido fino de la vela, bailaba – flap, flap, flap – en un va-y-viene soplado por el viento leve.

Lentamente se alejaba del margen. Todo estaba inmensamente tranquilo, silencioso. Ninguna vibración. El fondo del barco parecía pairar un palmo por encima de la superficie del agua, pulida como cristal.

Mirando para la popa, reconoció codo con codo, abrazados, los tres rostros que más amaba: la mujer, el hijo, la hija. Cada vez más distantes, acenavam vagarosamente, tres manos derechas subiendo y descendiendo en cámara lenta. Quedaron más pequeños, se fundieron en un único punto, perdieron el contorno, acabaron diluídos.

Se volvió para la proa y, surpreso, atravesó, como se fueran pantallas de cine hechas de nube, importantes momentos de su vida.

La madre abrazando y cantando mientras amamentava. Apretando el mástil percibió un sabor intenso de vida en plenitud invadiéndolo. Un poco adelante el padre, aún de gravata presa al cuello, chutando el balón para que él. Una sensación de alegría se presentó con toda fuerza. En la secuencia los amigos, el recreo animado, todos corriendo y jugueteando en el patio de la escuela.

Luego a continuación, cuadro a cuadro, en sucesión, los estudios, las grandes pasiones, la mujer de su vida, la boda, hijos, trabajos, esfuerzos, dificultades, conquistas. Un remolino de tantas cosas.

Estaba embebido de todo eso cuando, madrugada yendo por la mitad, percibió que soñaba. La jangada era el lecho y la vela el lençol muy blanco con el nombre del hospital estampado en azul marino profundo.

Abrió los ojos. La luna llena, alta en el cielo, iluminado todo como un sol azulado, más discreto y misterioso…

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